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¿Se corresponden nuestras obras y palabras?

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Hola, amigos, ¿qué tal? Merhaba, arkadaslar, ¿nasilsiniz?

Uno de los mayores problemas de la educación tanto en el hogar, como en las escuelas, en las iglesias y la sociedad, es que vivimos exigiendo y sermoneando a los menores para que asuman comportamientos que nosotros los adultos no asumimos dejando mucho qué decir.

Tenemos que aprender de Jesús de Nazaret, en quien se dio una extraordinaria coherencia y consonancia entre palabras y obras. Si él nos dio ejemplo, debemos empezar cuestionando la autenticidad de nuestra fe y de su coherencia con nuestras obras. ¿Somos veraces, intentamos ser coherentes en nuestra vida de fe? ¿Se corresponden nuestras obras y palabras?

En el Evangelio resuenan serias advertencias contra los líderes religiosos del pueblo. Tanto el Profeta Malaquías como Jesús denuncian a los sacerdotes, los maestros de la ley y los fariseos con su conducta incoherente, pues, tal como nos dice el autor del salmo 103, tampoco ellos han de perseguir grandezas, sino vivir en humildad, tal y como hizo Pablo.

El profeta Malaquías, en el siglo V antes de Cristo, lanza un duro ataque a los sacerdotes de su época, por lo mal que realizan el culto y el mal ejemplo que dan en su vida. No buscan la gloria de Dios, sino la suya propia y en respuesta a esto vemos cómo el salmo 103 hace eco, por una parte, a la acusación dirigida a los sacerdotes que se buscan a sí mismos en el ministerio.

El salmo canta: Guarda mi alma en la paz, junto a ti, Señor. Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros; no pretendo grandezas que superan mi capacidad.

Nos da Pablo un ejemplo de su entrañable relación con la comunidad de Tesalónica, una relación de pastor diligente, fraternal y maternal. Un cariño especial y correspondido.

Luego viene Jesús en el Evangelio de Mateo 23 y como Malaquías, critica duramente a los «sacerdotes» y a los «escribas y fariseos», las clases dirigentes de su tiempo, por su hipocresía y el modo interesado de realizar su ministerio.

Hoy 2023 años más tarde han sido muchos los sacerdotes, pastores, predicadores que han pasado por la historia, incluso en estos momentos la proliferación de iglesias lideradas por hombres que sin reconocer sus limitaciones humanas han querido hacernos creer en ellos, sin aceptar que no son ellos, sino el Espíritu Santo quien obra a través de ellos, y una persona llena del Espíritu Santo es auténtica, coherente, de fe, entregada a ayudar al prójimo, humilde, sin ambiciones, ni altanerías, sino diligente, fraternal y maternal, como nos dice san Pablo.

Víctor Martinez te recuerda que el mal existe y engaña, pide a Dios sabiduría y discernimiento antes de dejarte guiar y orientar por quien está liderando una comunidad, en nombre de Dios.

Este mensaje ha llegado a todos ustedes gracias al apoyo recibido por la Fundación Farach.

Hasta la próxima.

 

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