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María y los dogmas de fe

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Casi inexistente en los tres primeros siglos de cristianismo, la devoción por la Madre de Cristo conoce un florecimiento extraordinario a partir del siglo IV. En el culto católico a María, la tradición es tan o más importante que la Escritura. El Concilio de Éfeso, en el año 431, debatió el tema de la virginidad de María y su condición de Madre de Dios.

Una corriente –nestoriana, del obispo Nestorio- consideraba imposible que una humana hubiese engendrado a Dios. De ello podía derivarse que María era una diosa, advertía Nestorio. Pero su posición fue derrotada. Desde entonces, la figura de María empieza a asumir algunas características celestiales, quedando situada a medio camino entre Jesús y los demás santos. Su culto se va ampliando hasta incluir órdenes religiosas inspiradas en ella, santuarios y sitios de peregrinación.

Las representaciones de María son anteriores a su culto. Por ejemplo, en las catacumbas romanas de Priscilla hay imágenes de la Virgen y de la adoración de los Magos que datan del siglo II. También en Nazaret, en el subsuelo de la Basílica de la Anunciación -erigida en el sitio donde se cree que ella recibió el anuncio del ángel- hay inscripciones que se remontan a los siglos II y III; por ejemplo, el famoso saludo del Ángel: Châire Maryam (Ave María).

El dogma es una verdad de fe, revelada, y, por lo tanto, inmutable e indiscutible. Los dogmas sobre María son cuatro. El primer dogma es la virginidad de María –concibió a su hijo por gracia divina- y el segundo es el que la proclama madre de Dios. Esto, debatido como vimos en el concilio de Éfeso, coincide con el momento en que se establece que en Jesús conviven lo humano y lo divino: el hijo de María es Dios encarnado. El tercer dogma establece que María concibió sin mácula, es decir, que ella estaba libre del pecado original con el cual nacen todos los demás mortales. El cuarto y último dogma es la Asunción de María al cielo, en cuerpo y alma, luego de morir y ser sepultada.

Algunos autores sostienen que la veneración cristiana a la madre de Jesús no es más que una derivación sincrética de creencias anteriores. Sin duda existe una influencia y es cierto que María sustituye como protectora a esas deidades precristianas, pero hay una diferencia básica entre las diosas paganas y María, porque mientras las primeras eran una mezcla de Bien y Mal, eran buenas y malvadas a la vez, María, como el Dios del Nuevo Testamento, es toda bondad, “llena de gracia”.

Víctor Martínez considera que son estos dogmas de fe, las mejores pruebas de la existencia de María como Madre de Dios y de la influencia que ella puede tener ante su hijo amado, cuando decide interceder por nosotros.

Este mensaje ha llegado a todos ustedes como cortesía de un exalumno agradecido.

Hasta la próxima.

 

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