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Rafael Leónidas Trujillo

  Globalidades  

 

Por Damián Arias Matos

Dentro de esta especie de galería de figuras y liderazgos políticos de nuestro país, hemos querido traer esta semana, al más gran dominicano de todos los tiempos, al padre del estado moderno, al fortalecedor del concepto de nación e identidad dominicana: el Generalísimo Rafael Leónidas Trujillo Molina. Es posible que nos acusen de solo poner lo bueno, lo positivo, del régimen, sin embargo, sería inútil repetir todo lo malo que se ha escrito de él, porque ya otros lo han hecho.

Entendemos, desde el principio, que el hecho de publicar una mini biografía apretada y sucinta de Rafael Trujillo, puede traer, y de seguro traerá reacciones adversas, de gente que van a ver y atacar al autor, no al personaje, que van a cuestionar al autor del artículo, pero no a sus postulados y al contenido general del escrito. Aun así, hechas estas observaciones iniciales, vamos a presentar el escrito.

Rafael Trujillo, que no fue presidente treinta años y tres meses como nos han vendido erróneamente, nació en San Cristóbal el 24 de octubre de 1891: recto, disciplinado, inteligente, dotado de un especial olfato para identificar las altas y bajas pasiones del alma y mentalidad humanas, trabajador, obsesivo con la limpieza y la meticulosa presentación personal, supervisor apasionado de la exactitud y cumplimiento de las obras y construcciones, taimado, calculador, frío, de una memoria excepcional y voz aflautada, como la de Jaime David, estratega que meditaba muy bien sus movimientos, antes de dar el primer paso, aunque cruel y despiadado, hizo de los objetivos y propósitos nacionales, su más grande pasión, para engrandecerla y lograr, la primera gran revolución, y una especie de milagro económico, en la República Dominicana.

Trujillo no fue presidente toda la Era, pero si ponía los presidentes gomigrafos adaptados a su voluntad, colaboradores y corifeos de su reinado. Trujillo, a lo largo de la era, gloriosa o de la infamia, como gustéis, tuvo cuatro presidentes: Jacinto Peynado, alias mozo, Manuel de Jesús Troncoso de la Concha, alias Pipi, el Generalísimo Héctor B. Trujillo Molina, alias Negro, y el licenciado Joaquín Antonio Balaguer Ricardo, alias Elito. Mozo Peynado muere en 1940 y entonces asume la presidencia Pipi Troncoso, fundador del Instituto Trujilloniano, que fue convertido posteriormente en Duartiano, Negro Trujillo, su hermano menor gana las elecciones para un periodo de cinco años, pero a partir del atentado contra el presidente venezolano, Rómulo Betancourt, mas por problemas de faldas que ideológicos, Trujillo le sugiere a Negro que renuncie para hacer mas civil la imagen del gobierno, además cono resultado de las sanciones de la Organización de Estados Americanos, OEA, entonces el 3 de agosto de 1960, Balaguer, que era vicepresidente de Negro, asume la presidencia de la República. Por ello, Balaguer era el presidente a la fecha del asesinato de Trujillo, la noche del martes 30 de mayo de 1961, además le tocó pronunciar el panegírico ante un ataúd lleno de piedras, ladrillos y periódicos, en la iglesia de Las Piedras, en San Cristóbal.

A Pipi Troncoso, Trujillo lo reconocía públicamente como un hombre sabio. Dos de sus hijos, al parecer heredaron su sabiduría política y su voluntad de estar siempre cerca del poder y del dinero. Son los dos primeros gobernadores del Banco Central de la República. El primero, diseño el primer peso dominicano, emitido durante la Era, con la imagen del Generalísimo en el centro. Su padre era compadre, al igual que muchísimos más, del Generalísimo Trujillo y hombre de su absoluta confianza, en caso de que Trujillo creyera en alguien. Cuando Trujillo, los que no eran sus compadres, eran también sus ahijados. Trujillo dejó muchos ahijados y compadres, y hasta algunos hijos, que ahora, son confesos antitrujillistas.

Trujillo en sí, y su gobierno, son hijos innegables de la Ocupación militar norteamericana de 1916, cuando Trujillo 25 años de edad, como también el gobierno, designado, apropiado, no electo, del a la sazón hombre más rico del país, Juan Bautista Vicini, en 1922. Ingresó a la Guardia Nacional en 1918, gracias a la recomendación del coronel Cuttts, del Cuerpo de Marines, US marine Corp, y desde ahí tuvo un ascenso meteórico, llegando a ser jefe de la institución y ascendido a Brigadier, menos de siete años después, en 1925.

Dos o tres cuartillas no alcanzan para describir o analizar, con mediana profundidad, lo que ha significado Trujillo y su era, para la historia y el desarrollo de la Nación dominicana, del estado nación, del país. Recibió en 1930, un país que era una aldea en taparrabos, sin gobernanza ni autoridad, ni centralización del gobierno, y dejó una economía estable, exportadora y creciente. En 1966, cinco años después de su asesinato a manos de una conjura encabezada por tres de los administradores de empresas estatales- Antonio Imbert Barreras, Mezcla Lista, Pedro Livio Cedeño, Fábrica de Baterías o acumuladores nacionales y el General Antonio de la Maza, Administrador del aserradero de Restauración, entre otros cargos, donaciones, exoneraciones, favores y sinecuras- esa economía pujante del milagro económico dominicano, estaba en el suelo.

Balaguer, en su discurso de ascenso al poder, el 1 de julio de 1966, se vio obligado a decretar medidas extremas para reducir el gasto público y restaurar la economía, reduciéndose, entre otras medidas, el sueldo de presidente a tres mil pesos. En esos cinco años, se comenzó a desmontar, y a pasar a manos privadas, la más grande y productiva infraestructura industrial que el país ha tenido en toda su historia.

Los miembros del Consejo de estado, que no fueron electos por nadie, ni se consultó al pueblo para designarlos, se adueñaron del estado, del país y del gobierno y distribuyeron o comenzaron a distribuir, a su antojo y conveniencia, todo ese patrimonio económico nacional, que Rafael Trujillo había construido. Si Trujillo no construye el país, lo hace productivo y lo lanza hacia adelante, los malos dominicanos, seudo demócratas, no hubieran hallado que robarse, expropiar o entregar a manos extranjeras.

Rafael Leónidas Trujillo, que no era bueno ni santo, porque los líderes políticos no aspiran al papado o al poder celestial, ni tampoco, según Maquiavelo y Azorín, necesitan serlo, es sin duda el dominicano más trascendente de todos los tiempos, así como también, el más calumniado. Su figura, o su fantasma, seguirán gravitando en nuestra historia, por los siglos de los siglos. Amén.

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