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Candidato ultraderechista de Brasil es más deslenguado que Trump


Va detrás de Lula, rechaza gays y negros y favorece pena de muerte

SAO PAULO, Brasil.- Cuando Donald Trump ganó la presidencia de Estados Unidos, el diputado brasileño Jair Bolsonaro celebró en Twitter ese triunfo escribiendo: “Venció el que luchó contra todo y contra todos. Ese también será mi camino para 2018”. . 
El mandatario estadounidense es el espejo en el que se mira el segundo favorito de los brasileños para las elecciones presidenciales de octubre de este año. 
El primero hasta hoy, según las encuestas, es Lula de Silva, pero sus problemas con la justicia le dejan prácticamente fuera de la carrera presidencial, y abren paso al polémico congresista.
Jair Bolsonaro lleva años en guerra. Contra las minorías, contra los derechos humanos, contra los medios de comunicación. Y dice que también contra la corrupción. 
Este ex militar que pregona el discurso de la antipolítica a pesar de llevar 26 años como diputado en Brasilia, pasó casi dos décadas desapercibido por los pasillos del Congreso. Pero la llegada a la presidencia de Dilma Rousseff, la primera mujer en el cargo, y además exguerrillera, desató la batalla personal del diputado contra lo que denominó como “ataques comunistas del Partido de los Trabajadores”.
Bolsonaro es un nostálgico de la dictadura y en más de una ocasión ha dicho que los militares “tenían que haber matado más” durante el régimen militar (1963-1985). 
Por eso, después de que Rousseff asumiera el poder, la Comisión de la Verdad que propuso como presidenta para dar a conocer lo sucedido durante el régimen militar fue la primera batalla a la que se lanzó. 
Entonces, colocó un cartel en su despacho en el que se leía: “El que busca huesos es un perro” para referirse a los familiares de los desaparecidos. No se cansó de repetir que “la dictadura fue una de las mejores etapas de Brasil” y, por si no quedaban claras sus tendencias, dedicó su voto a favor del impeachment de Rousseff al comandante Ustra, uno de los torturadores más sangrientos de la época, que tuvo entre sus víctimas a la propia expresidenta.
En los últimos cinco años, este ex militar y policía ha saltado de polémica en polémica. Decir y hacer lo que le da la gana parece haber sido parte de su éxito y las minorías, la diana sobre la que lanzar los dardos. 
Nadie se olvida del día que le dijo a la ex ministra de Derechos Humanos, Maria do Rosário: “No te violo porque no lo mereces”. 
Ni homosexuales, ni negros
Tampoco oculta sus sentimientos homófobos: “A los homosexuales no se les quiere, se les aguanta”; ni los racistas, como cuando dijo que sus hijos no saldrían con una negra porque están bien educados; ni los machistas machistas del tipo “Las mujeres deben ganar menos porque se quedan embarazadas”.
Sus frases ultraconservadoras y el contexto político del país han colaborado para su rápido ascenso. 
El impeachment de Dilma Rousseff, la llegada al Palacio del Planalto de Michel Temer -el presidente con menos popularidad desde la redemocratización de Brasil- y la crisis de representatividad que sufren los brasileños con todos los grandes partidos inmersos en escándalos de corrupción, crearon un terreno fértil. 
En 2014 se convirtió en el diputado más votado de Río de Janeiro -estado por el que se presentaba-, en 2016 anunció que sería candidato en las elecciones de 2018, y en apenas año y medio se ha convertido en el segundo favorito para dirigir el Ejecutivo.
Tras las huellas de Trump
Las frases irreverentes y políticamente incorrectas no es lo único que le acerca al presidente estadounidense. Su pelea personal contra los medios de comunicación es otra de las características que les une. 
El diputado ha humillado a periodistas mujeres como sucedió con una presentadora de Rede TV a la que llamó “idiota” hasta cuatro veces. Cada vez que le cita un periódico no pierde el tiempo para denunciar que “son fake news”, y sus amenazas más habituales de los últimos meses: “Cuando gobierne no van recibir más dinero, conmigo los medios se van a hundir”.
Su ideario político se basa en el patriotismo, en un retorno a los valores tradicionales de la familia y al militarismo con un gobierno en el que querría que al menos la mitad de sus ministros fueran militares. 
En lo económico se sabe que está a favor de bajar los impuestos y es es muy crítico con las empresas brasileñas que tienen su sede en el extranjero. 
En política internacional le interesa que Estados Unidos sea su socio principal, poco o nada quiere saber de América Latina y ve en China al enemigo a combatir, a pesar de ser uno de los pilares sobre los que se sostiene la exportación brasileña.
Para la clase trabajadora tiene dos opciones: “Trabajar con menos derechos o tener todos los derechos y no trabajar nunca”, ha repetido en alguno de sus mítines. 

Pena de muerte
Lo que le hace a Jair Bolsonaro cosechar más aplausos es su mano dura en política de seguridad: defiende la pena de muerte, la castración química, cárceles con menos “privilegios” -en el país con la quinta mayor densidad carcelaria del mundo- y el final de estatuto de desarme que prohíbe a los brasileños usar armas de fuego. 
“Tenemos que poder defendernos de los bandidos, debemos hacer como los norteamericanos”, dice.
También le interesa seguir el camino de Trump en lo referente a la inmigración: “Brasil se está llenando de venezolanos y sirios no podemos permitir que vengan a sacar el trabajo de los brasileños, debemos cerrar las fronteras”, dijo en un discurso en Manaos el pasado mes de enero.

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